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Las notas más agudas siempre clarearon en su repertorio, más repleto de tonos oscuros; pero ahora, al deslizar las muñecas contra la suavidad del marfil, traen recuerdos claros, escasos, bien perfilados y con un aroma a melón impreso en cada sonido que tanto le recuerda a su pasado -a diferencia de las melodías graves que ahora, borrosas, revolotean en su mente como un eco diluido-.
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Pero eso no importa. No importa el que las notas se escapen levemente desafinadas, ni que el polvo haya desgastado la lustrosa superficie de ébano, erosionando los compases; ni siquiera que los sonidos sean imperfectos y con falta de pulido; Lo único que importa es que Evangeline ha vuelto a posar los muslos sobre el taburete, quejumbroso bajo su peso, ha colocado los dedos contra las teclas y ha vuelto a tocar.
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Por fuera, los pájaros callan. La calle parece dormida, mecida por las melodías y notas claras del instrumento, por los suaves ronroneos vocálicos que Evangelineacompaña con cada nota, mientras el pelo le rasga la clavícula, y sus ojos hundidos se ocultan contra sus párpados, perdiendo la vista, y abriendo la veda a un millar de sensaciones nuevas.·
El frío hálito del viento contra la nuca, la envolvente sensación de la música contra sus metacarpos, el áspero tacto de las teclas contra su piel o el terciopelo del taburete contra sus muslos desnudos.
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Cuando libera sus manos, cuando da veda a su alma, Evangeline es un ser nuevo, una criatura espléndida y vibrante cuando se acerca al piano; un animal sediento y desconocido que jamás pensé que sería. Hasta yo, necio de los sentimientos y principiante que desafina, me doy cuenta de ello.
Y sin embargo, por mucho que llegue a comprenderla, por cosas así sé que nunca lo haré del todo.
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De repente, silencio. Aplastante, ensordecedor. Y lo siento.
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Dejo de escuchar por un segundo el piano, noto que la música deja de vibrar en mis oídos, rebotando en mi piel y dejándome vacío. Dejo de sentir el éxtasis en las venas, y entonces lo sé.
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Un segundo después, las piernas de Evangeline ceden, sus rodillas se quiebran y sus tibias revientan en cuanto las baldosas colapsan contra su piel.
Veo cómo sus dedos se hunden con fuerza en su melena escarlata, tirando de sus mechones con fuerza; puedo paladear cómo sus gritos se entremezclan con sollozos de agonía y me penetran los pulmones dejándome sin aire; siento cómo comienzan a sangrar sus supurantes heridas y sé entonces que no hay marcha atrás.
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En cuanto abre los ojos, veo las cavidades azabache que tanto miedo me dieron un día, que tanto miedo me dan ahora; las únicas capaces de robarme a mi Evangeline, de secuestrar a este ángel y no pensar en traérmelo de vuelta.
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Pienso durante un momento en hacer algo. En deslizar mis manos por su cintura e incorporarla del suelo; sentarme a su lado y susurrarle al oído que todo irá bien, acariciarle los muslos y besarla en la boca; fundirme con su piel y ayudarla a coser todas sus heridas, para que toque sin miedo, para que no tenga que derrumbarse cada vez que desee hacer el piano sonar.
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Pero un momento después me pierdo. Me pierdo en sus lágrimas, en sus gritos, en su desesperación, que me arrastra corriente abajo y me cierra la puerta en las narices, dejándome a mí a un lado, con mis ansias de curar; dejando a Evangeline al otro, desangrada. Con las notas enquistadas entre los pulmones, lloradas a lágrimas, y un piano que, instrumento de su tortura, sé que no volverá a sonar.
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