Pedazitos de cielo

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Soñadores que pasaron por mi mundo...:)

martes, 23 de agosto de 2011

us ágiles dedos recorren de punta a punta el piano, levantando un clandestino rumor que por mucho tiempo se le estuvo vetado. Las teclas desprenden polvo con cada contacto de sus yemas, pero evocan recuerdos cálidos, aún frescos en la memoria de Evangeline.
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Las notas más agudas siempre clarearon en su repertorio, más repleto de tonos oscuros; pero ahora, al deslizar las muñecas contra la suavidad del marfil, traen recuerdos claros, escasos, bien perfilados y con un aroma a melón impreso en cada sonido que tanto le recuerda a su pasado -a diferencia de las melodías graves que ahora, borrosas, revolotean en su mente como un eco diluido-.
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Pero eso no importa. No importa el que las notas se escapen levemente desafinadas, ni que el polvo haya desgastado la lustrosa superficie de ébano, erosionando los compases; ni siquiera que los sonidos sean imperfectos y con falta de pulido; Lo único que importa es que Evangeline ha vuelto a posar los muslos sobre el taburete, quejumbroso bajo su peso, ha colocado los dedos contra las teclas y ha vuelto a tocar.
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Por fuera, los pájaros callan. La calle parece dormida, mecida por las melodías y notas claras del instrumento, por los suaves ronroneos vocálicos que Evangelineacompaña con cada nota, mientras el pelo le rasga la clavícula, y sus ojos hundidos se ocultan contra sus párpados, perdiendo la vista, y abriendo la veda a un millar de sensaciones nuevas.
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El frío hálito del viento contra la nuca, la envolvente sensación de la música contra sus metacarpos, el áspero tacto de las teclas contra su piel o el terciopelo del taburete contra sus muslos desnudos.
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Cuando libera sus manos, cuando da veda a su alma, Evangeline es un ser nuevo, una criatura espléndida y vibrante cuando se acerca al piano; un animal sediento y desconocido que jamás pensé que sería. Hasta yo, necio de los sentimientos y principiante que desafina, me doy cuenta de ello.
Y sin embargo, por mucho que llegue a comprenderla, por cosas así sé que nunca lo haré del todo.
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De repente, silencio. Aplastante, ensordecedor. Y lo siento.
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Dejo de escuchar por un segundo el piano, noto que la música deja de vibrar en mis oídos, rebotando en mi piel y dejándome vacío. Dejo de sentir el éxtasis en las venas, y entonces lo sé.
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Un segundo después, las piernas de Evangeline ceden, sus rodillas se quiebran y sus tibias revientan en cuanto las baldosas colapsan contra su piel. 
Veo cómo sus dedos se hunden con fuerza en su melena escarlata, tirando de sus mechones con fuerza; puedo paladear cómo sus gritos se entremezclan con sollozos de agonía y me penetran los pulmones dejándome sin aire; siento cómo comienzan a sangrar sus supurantes heridas y sé entonces que no hay marcha atrás.
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En cuanto abre los ojos, veo las cavidades azabache que tanto miedo me dieron un día, que tanto miedo me dan ahora; las únicas capaces de robarme a mi Evangeline, de secuestrar a este ángel y no pensar en traérmelo de vuelta.
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Pienso durante un momento en hacer algo. En deslizar mis manos por su cintura e incorporarla del suelo; sentarme a su lado y susurrarle al oído que todo irá bien, acariciarle los muslos y besarla en la boca; fundirme con su piel y ayudarla a coser todas sus heridas, para que toque sin miedo, para que no tenga que derrumbarse cada vez que desee hacer el piano sonar.
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Pero un momento después me pierdo. Me pierdo en sus lágrimas, en sus gritos, en su desesperación, que me arrastra corriente abajo y me cierra la puerta en las narices, dejándome a mí a un lado, con mis ansias de curar; dejando a Evangeline al otro, desangrada. Con las notas enquistadas entre los pulmones, lloradas a lágrimas, y un piano que, instrumento de su tortura, sé que no volverá a sonar.

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